Es probable que nunca sepamos con precisión cómo ocurrió la muerte de Alberto Natalio Nisman, pero la hipótesis del suicidio es tan absurda que no merece la menor consideración. Sostener que fue asesinado no implica imputarle la autoría a nadie en particular. Sí es indudable que esa muerte es una trágica derivación del infame acuerdo del gobierno de Cristina Kirchner con el régimen iraní. No se trata simplemente de un hecho histórico, porque su ominosa sombra se sigue proyectando sobre el presente. Lo hemos visto en estos días, cuando el embajador argentino en Nicaragua compartió el acto de reasunción del dictador Daniel Ortega con Mohsen Rezai, actual viceministro de Asuntos Económicos de Irán, imputado por la justicia argentina de ser uno de los autores intelectuales del atentado a la AMIA.

¿Cuál fue el propósito de aquel extravío de nuestra política exterior? Se han barajado muchas hipótesis, pero el transcurso del tiempo parece avalar la que indica que, al margen de otras ventajas personales que puedan sospecharse para la familia Kirchner y su entorno, el acuerdo se inscribió en un giro copernicano respecto de los alineamientos internacionales de la Argentina. El kirchnerismo siempre se ha sentido más cómodo con los regímenes autoritarios. Basta ver sus amistades en América Latina.

Cabe recordar cómo se percibió en Irán la celebración del memorándum. En un editorial del periódico Teheran Times de esa época se lo celebró como “un gran triunfo del gobierno de Irán y un golpe contra el sionismo y los Estados Unidos”.

Alberto Fernández ha mantenido con relación a este tema una perfecta coherencia con su trayectoria: cambió constantemente de opinión. Dijo en 2013 que el memorándum era un medio para procurar el encubrimiento de los autores del atentado (incluso quienes siempre mienten, hasta por descuido, a veces dicen la verdad). El 18 de febrero de 2015 participó, siendo massista (es decir, entonces, duro opositor al kirchnerismo) de la Marcha del Silencio a un mes de la muerte de Nisman. Ninguno de quienes concurrimos a esa conmovedora manifestación bajo una copiosa lluvia sosteníamos que el fiscal se había suicidado. Dos años después, en un documental de Netflix sobre la muerte de Nisman, comenzó a suavizarse: “Hasta el día de hoy, dudo que se haya suicidado”. Había ya, probablemente, negociaciones con el kirchnerismo. En agosto de 2019, ya candidato del kirchnerismo, aceleró la voltereta: “Si lo mataron, no fue el gobierno de Cristina”. Y el 30 de diciembre de ese año cerró el círculo de la infamia: “Yo estoy convencido (de) que fue un suicidio, después de dudarlo mucho”.

Mientras tanto, el acuerdo fue declarado inconstitucional por la Cámara Federal en 2014. La decisión del entonces presidente Mauricio Macri de no apelar esa decisión hizo que quedara firme. Pero la llegada de un nuevo gobierno kirchnerista no ha hecho más que retrasar y obstaculizar las investigaciones.

Puede ser que nunca sepamos con exactitud qué pasó aquella noche en el departamento de Alberto Nisman. Sin embargo, no debemos cejar ni un minuto en nuestro reclamo de verdad y justicia. Y, lo que es más importante para nuestro futuro, debemos usar todas las herramientas de la democracia (el voto, en primer lugar, pero también un activo ejercicio de la opinión y del control ciudadano) para impedir que la Argentina se incline hacia un grupo de países en los que rigen valores opuestos a los de nuestra Constitución, nuestra historia y nuestra conformación. No tendremos destino si tomamos como modelos a dictaduras o regímenes populistas autoritarios. Solo en el marco de la democracia republicana hay no solo libertad, sino la oportunidad de alcanzar, mediante el trabajo, el mérito y la creatividad, mejores niveles de calidad de vida.

Jorge Enriquez

Diputado Nacional (m.c.), presidente Asociación Civil Justa Causa