LA HISTORIA FINAL DE JUAN D. PERÓN
Corría el año 1964 cuando Perón intentó regresar por primera vez al país. El «Operativo retorno», producido el 1° de diciembre de ese año incluía una comitiva de 16 personas que lo acompañaría desde Madrid. Pero el avión que lo transportaba, tras hacer escala en Río de Janeiro, fue obligado a retornar a España. Deberán pasar siete años más para que el viejo líder volviera a pisar tierra argentina, cuando su retorno, lejos de ser un fantasma que asustara a las clases dirigentes, se convirtió en una salida política legitimada por una abrumadora mayoría que, tras 18 años de exilio, lo sostenía con mayor fuerza que nunca.
El dictador Alejandro Agustín Lanusse lo desafió en 1972 a presentarse a elecciones. Perón regresó al país el 17 de noviembre de 1972. Lanusse firmó un decreto de ‘residencia’, hecho a la medida de Perón, con la intención de excluirlo legalmente de los comicios del 11 de marzo de 1973 a los que el peronismo se presentó con la fórmula Cámpora-Solano Lima, bajo el lema «Cámpora al gobierno, Perón al poder».
Perón retornó definitivamente al país el 20 de junio de 1973. Paradójicamente, señalado como prenda de paz social, su llegada fue el marco de uno de los enfrentamientos políticos más sobrecogedores de la historia contemporánea argentina, cuando en los campos de Ezeiza las facciones de la derecha y la izquierda peronista dirimieron por la fuerza el poder de sus aparatos. Tras una presidencia de poco menos de dos meses, Héctor José Cámpora renunciará el 13 de julio del ‘73 para convocar nuevamente a elecciones. El último impedimento se cayó entonces a pedazos, y el viejo líder encontró el camino allanado para encabezar la nueva fórmula.
El país se debatía en un clima volátil. A las divisiones internas del peronismo que luchaban por imponer su supremacía, se le sumaba la acción de numerosas organizaciones político-militares de izquierda que complejizaban el curso de la vida institucional, no sólo por el alto grado de conflictividad que imprimieron en el ámbito estudiantil y sindical, sino también por las consecuencias de un enfrentamiento de aparatos entre las guerrillas, las fuerzas de seguridad y los escuadrones de ultraderecha y parami-litares, como la Triple A.
La tarea parecía a la medida de Perón, un hombre con el suficiente apoyo para manejar lo que parecía ingobernable. En ese marco, el 23 de setiembre de 1973, la fórmula Perón-Perón se alzó con el triunfo comicial cosechando el 62% de los votos. Un referéndum excepcional y único. El 12 de octubre, emprendería su tercera presidencia.
Contrariamente a lo pensado, y deseado por los más diversos sectores sociales, económicos y políticos, el tercer gobierno de Perón estuvo sig-nado por una con-flictividad extrema. Toda la capacidad del líder apenas si pudo mantener unos pocos meses de expectativa, merced a su estrategia de ‘Pacto Social’, antes que los conflictos sociales, la crisis económica y el emergente guerrillero sumieran al país en un caldero hirviendo. Sería demasiado para un hombre que a los 78 años soportaba sobre sus espaldas el mantenimiento constitucional. En pocos meses la crisis una vez más había estallado.
El 1º de mayo de 1974 enfrentó a la Juventud Peronista y a las organizaciones guerrilleras en un acto público en la Plaza de Mayo, que concluyó con el abandono de la plaza de los ‘imberbes’ y un apoyo explícito a la conducción sindical, acusada por los rebeldes de burócratas de derecha.
En sus probables últimos días de lucidez, Perón se sintió en la necesidad de alertar a sus seguidores sobre la pesada herencia que les dejaban. En la tarde del 12 de junio de 1974, antes de despedirse de su pueblo, advirtió sobre las consecuencias del incumplimiento del Pacto Social y el desabastecimiento, y aconsejó a la militancia que se mantuviera vigilante de «las circunstancias que puedan producirse». Dijo: «Yo sé que hay muchos que quieren desviarnos en una o en otra dirección, pero nosotros conocemos perfectamente nuestros objetivos y marcharemos directamente a ellos, sin influenciarnos ni por los que tiran desde la derecha ni por los que tiran desde la izquierda. El gobierno del pueblo es manso y es tolerante, pero nuestros enemigos deben saber que tampoco somos tontos».
El país, empero, no era el mismo que aquel del decenio 1945-1955. Un cristal antibalas se interponía entre él y su pueblo, todo un símbolo de los años que corrían. Con la salud quebrantada, terminó con un tono inconfundible de despedida con palabras emotivas: «Les agradezco profundamente el que se hayan llegado hasta esta histórica Plaza de Mayo. Yo llevo en mis oídos la más maravillosa música que para mí es la palabra del pueblo argentino».
El 18 de junio su salud decayó gravemente y ya no volvió a levantarse.
El 1º de julio de 1974 amaneció nublado; no era un día peronista. Los partes médicos alertaban sobre el inminente final para la vida del hombre que había manejado la política argentina a su antojo desde 1945. Para mucha gente, era el hombre que había transformado la Argentina de país agrario en industrial, de sociedad injusta en paraíso de la justicia social.
A las 13.15 de ese primer día de julio, Isabel Perón, custodiada por el superministro José López Rega, dio la infausta noticia: «con gran dolor debo transmitir al pueblo de la Nación Argentina el fallecimiento de este verdadero apóstol de la paz y la no violencia».
Felipe Pigna, Lo pasado pensado
Buenos Aires, Planeta, 2005

