LA GUERRA DE JAVIER MILEI CONTRA EL PERIODISMO: ESTIGMAS Y UN OBJETIVO CLARO
Desde que asumió, Javier Milei convirtió la agresión contra el periodismo en un acto sistemático y planificado.
No se trata de exabruptos esporádicos ni de respuestas impulsivas: lo suyo es una estrategia calculada de hostigamiento, dis-ciplinamiento y eliminación simbólica de cualquier voz crítica.
En su lógica, la prensa libre no es un pilar democrático, sino un enemigo interno.
El presidente ha dedicado tiempo y recursos a estigmatizar periodistas con nombre y apellido.
Lo hizo con Reynaldo Sietecase, a quien acusó de «mentiroso» por incomodarlo en una entrevista sobre la Ley Bases.
Lo repitió con Luis Novaresio, al que desacreditó públicamente tras preguntarle por sus contradicciones.
Arremetió también contra Jorge Fonteve-cchia, a quien vinculó con «la casta mediá-tica» por publicar editoriales críticos.
Y llegó incluso a escrachar en sus redes a Carlos Pagni, uno de los columnistas más influyentes del país, por una interpretación política que no le fue funcional.
Pero Milei no solo apunta contra los grandes nombres del prime time: también ha atacado a periodistas gráficos, a cronistas de medios públicos, a portales digitales y hasta a comunicadores independientes.
Lo hizo con Ari Lijalad y Franco Mizrahi de El Destape, a quienes acusó de «operadores sucios». Y lo replicó con Nancy Pazos, Romina Manguel, Cynthia García, entre otras periodistas que han sido objeto de burlas y desprecio desde el entorno presidencial.
¿Qué busca Milei al llamar
a odiar al periodismo?
Evidentemente, el objetivo es doble, y profundamente antidemocrático. Por un lado, construir un enemigo funcional, algo indispensable para mantener la lógica de guerra permanente que Milei necesita para sostener su narrativa.
En su relato, los periodistas no informan: «operan».
No preguntan: «militan».
No investigan: «mienten».
De este modo, cualquier dato incómodo o denuncia queda automáticamente invalidada ante sus seguidores. Por otro lado, el ataque sistemático busca disciplinar al resto del ecosistema periodístico. Genera miedo, autocensura, prudencia excesiva.
No son pocos los medios que han evitado repreguntar al presidente por temor a ser objeto de una campaña de difamación en redes.
El mensaje es claro: el que se atreve a cuestionar al líder, paga el precio.
El presidente llama «ensobra-dos» a quienes lo critican, pero no transparenta ni sus contratos con trolls, ni los montos de la pauta oficial, ni el uso de fondos públicos en sus giras mediáticas internacionales. Desacredita al periodismo con el argumento de la libertad, mientras construye un ecosistema mediático propio donde solo tienen lugar sus aliados y aduladores.
En tiempos donde la desinfor-mación y el odio se multiplican, que el máximo responsable institucional de la República alimente la hostilidad hacia la prensa es un hecho gravísimo.
No se trata de proteger a periodistas por corporativismo: se trata de defender el derecho de la sociedad a estar informada sin condicionamientos ni intimidaciones. Porque cuando un presidente llama a odiar al periodismo, lo que realmente está haciendo es preparar el terreno para gobernar sin controles, sin transparencia, sin disenso.
Y eso, en cualquier lugar del mundo, se llama autoritarismo.
