CON EL PJ SIN MÁXIMO, EL COSTO DE PERDER LO PAGARÍA KICILLOF…
Cristina bajó a Máximo Kirchner, lo que fue considerado como « un repliegue para evitar la derrota».
La decisión de Cristina Fernández de Kirch-ner de retirar a su hijo, Máximo, de la primera línea electoral, representa mucho más que un simple movimiento táctico.
Es considerado como el reconocimiento implícito de que la sociedad argentina ya no está dispuesta a convalidar el peso simbólico del apellido Kirchner en las urnas.
En la intimidad de su círculo, la ex presidenta midió el impacto de una eventual candidatura de Máximo como diputado: encuestas adversas, rechazo social en aumento y el riesgo de que su propio hijo encabezara una derrota que podía ser histórica.
Ante ese escenario, Cristina eligió la retirada antes que la humillación.
También la ex presidenta corrió de juego a Sergio Massa y sus familiares, para dejar solo -sin dudas- a Axel Kicillof.
El gesto no es menor. Máximo era el heredero natural del dispositivo K, el último eslabón de una cadena de poder que ella construyó durante dos décadas.
Su corrimiento expone el agotamiento de un relato que, aunque alguna vez fue dominante, hoy no consigue interpelar ni a los propios.
La movida, en el fondo, habla de supervivencia política. Cristina sabe que una derrota aplastante de Máximo hubiese significado el certificado de defunción del kirchnerismo como fuerza con proyección.
Prefirió entonces preservar el apellido, replegarse a la trinchera del silencio y dejar que el tiempo juegue su última carta.
El problema es que, en política, el tiempo no suele perdonar.
Y lo que CFK buscó evitar hoy puede terminar siendo inevitable mañana: el ocaso de un ciclo que ya no encuentra cómo reinventarse.
La salida de Máximo Kirchner de la carrera electoral deja al Partido Justicialista frente a un vacío de conducción difícil de disimular.
Desde que CFK eligió a su hijo como jefe del PJ bonaerense, el partido funcionó como una extensión de la voluntad materna.
Sin embargo, la baja de Máximo revela que esa estructura quedó huérfana de liderazgo real y de votos competitivos.
El problema para el peronismo es doble: por un lado, la marca Kirchner ya no garantiza centralidad; por el otro, nadie en el PJ parece tener hoy la autoridad suficiente para ordenar la tropa.
En ese contexto, Axel Kicillof emerge como el único referente con cierto nivel de representación social, pero su relación con el PJ nunca fue natural.
El gobernador no proviene de la liturgia partidaria, se resiste a «las internas de rosca y desconfía de los barones del conur-bano».
Lo cierto es que Cristina, al preservar el apellido Kirchner, también dejó expuesto a Kicillof: ahora es él quien debe decidir si quiere ocupar el espacio vacante o si prefiere mantenerse en una posición más técnica y menos orgánica.
AHORA, KICILLOF SIN RED

Sin dudas, la maniobra de Cristina Fernández de Kirchner de bajar a Máximo de la candidatura no solo evitó una derrota cantada para el apellido Kirchner: también dejó a Axel Kicillof sin excusas.
Kicillof queda, en consecuencia, atrapado en un dilema. Si toma las riendas del PJ para ordenar lo que dejó la salida de Máximo, carga con la mochila de un partido desgastado y sin poder de movilización.
Si decide correrse, corre el riesgo de ser visto como un dirigente incapaz de liderar a su propia tropa en el momento más crítico.
El gobernador, que siempre se mostró incómodo con las internas del PJ, enfrenta ahora su prueba más difícil: demostrar si puede ser el jefe político de un peronismo en retirada, o resignarse a ser «el último inquilino» de una estructura que, a esta altura, se desmorona a pleno.
