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KICILLOF, EL GRAN AUSENTE EN EL NUEVO MAPA POLÍTICO DE LA ARGENTINA

Axel Kicillof, gobernador de la provincia de Buenos Aires, está viviendo un momento paradójico: a pesar de su relevancia institu-cional, su fuerza política y sus críticas sostenidas al modelo del gobierno nacional, ha quedado desplazado frente a la estrategia de Javier Milei, que logró tejer una red de apoyos con la mayoría de los gobernadores y consolidar un bloque de poder territorial que le permite avanzar con reformas estructurales.
En ese esquema, Kicillof se presenta cada vez más como una voz crítica, aislada en las grandes decisiones nacionales, y su capacidad de influencia corre riesgo.
Uno de los gestos más reveladores de esa marginalización fue cuando Kicillof no fue convocado a la gran reunión de gobernadores en Casa Rosada. Según él mismo denunció, esto no fue un descuido: representa «un gesto antidemocrático y contrario al espíritu federal».
Desde su punto de vista, se trata de una señal política clara: el gobierno nacional está achicando los espacios de diálogo con quienes considera «opositores», incluso cuando esos gobernadores representan una parte significativa de la población.
Sumado a esto, Kicillof denuncia que su provincia ha sido castigada financieramente y acusa «quitas» de fondos para seguridad, educación y transporte, y paralización de obras públicas. Esa queja no es menor: Buenos Aires aporta mucho a la recaudación nacional, y su reclamo es que una parte de esos ingresos debería regresar en inversiones y políticas públicas para la provincia.
Las críticas de Kicillof al modelo económico de Milei son profundas y estructurales. Durante una cumbre de gobernadores, denunció que «el gobierno nacional no prioriza la industria, el trabajo ni la planificación del Estado». «Destruir no puede ser la idea de nadie», señaló, aludiendo al cierre de empresas y la pérdida de empleo.
Para él, el dilema no es simplista: no se trata de «mercado vs Estado», sino de un proyecto de país que combine industrialización, minería, desarrollo, planificación.
Además, Kicillof advierte que «la caída del consumo, la recesión y el ajuste están golpeando a los sectores populares, la plata no alcanza, la vida de las personas no mejora», dijo, en alusión a subas de precios, desempleo y demanda social creciente.
AISLAMIENTO INSTITUCIONAL
El rechazo explícito de Kicillof a integrarse en las dinámicas de poder nacional -o al menos su no convocatoria- tiene un costo simbólico enorme. Que más del 40 % de la población (representada por las provincias que no fueron invitadas) quede al margen debilita la idea misma de federalismo que el gobierno de Milei afirma promover.
Este aislamiento podría minar la capacidad de Kicillof para ejercer influencia real, más allá de las críticas públicas. Si bien intenta articular con otros gobernadores una agenda común (desarrollo, obra pública, planificación), la fórmula no lo pone en el centro del poder que se está reorganizando en la Casa Rosada.
En paralelo, Kicillof intenta proyectarse políticamente: ya habla abiertamente de su rol en la interna peronista, y su figura suena para 2027. Pero ¿qué tanto puede capitalizar su perfil de «opositor excluido» cuando el gobierno nacional logra construir mayorías territoriales sin él?
Desde una mirada crítica, la situación de Kicillof no es solo un problema personal o de ego político, sino una señal preocupante para la institucionalidad. Si un gobernador con la importancia de Buenos Aires (casi 40 % de la población), con peso recaudatorio y con un discurso válido sobre productividad y distribución, es dejado de lado, se abre un interrogante sobre cómo el gobierno de Milei concibe la «coexistencia federal».
La exclusión de Kicillof podría interpretarse como una maniobra de poder: no solo no se consulta, sino que se margina deliberadamente para reducir la resistencia a las reformas. Esto no es un simple desentendimiento discursivo, sino una estrategia de construcción de hegemonía política: el presidente no busca consensos amplios, sino un bloque de gobernadores dóciles que le permitan empujar su agenda, incluso si eso implica sacrificar parte del federalismo formal.
Pero Axel Kicillof afronta un serio Desgaste mediático. Al denunciar públicamente su exclusión y las quitas de fondos, Kicillof corre el riesgo de pasar a ser visto como un gobernador eternamente en conflicto, más que un líder con capacidad de negociación.
Kicillof era uno de los gobernadores con más fuerza para disputar poder a nivel nacional: su provincia es clave, su discurso es coherente con una visión de Estado activo y desarrollo, y su legitimidad política es significativa. Pero el gobierno de Milei lo ha dejado afuera de las decisiones importantes, apostando por gobernadores más alineados para consolidar su proyecto.
Este desplazamiento no es sólo un golpe a su figura personal, sino una advertencia más amplia para la política argentina: hay un diseño de poder que podría estar dejando de lado al federalismo real y a las voces disidentes estructurales. Kicillof puede seguir denunciando, pero su capacidad de incidir depende de si logra transformar su aislamiento en una alternativa cohesionada, y de si otros gobernadores creen que su propuesta sirve para un modelo distinto.

Verdad e Investigación

Semanario del Nuevo Milenio creado el 23 de diciembre de 1985 por Jorge Tronqui

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