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REELECCIONES INDEFINIDAS: EL REGRESO DE LA POLÍTICA SIN FECHA DE VENCIMIENTO

En la provincia de Buenos Aires se cocina, otra vez, una reforma que dice mucho más de la política que de la democracia.
Bajo el argumento de «dejar que el pueblo elija», el oficialismo vuelve a empujar el proyecto de reelecciones indefinidas para intendentes, legisladores y cargos locales. En los papeles, suena a ampliación de derechos. En la práctica, huele a conservación del poder.


El dato clave no es ideológico: es matemá-tico. Si no cambia la ley vigente -sancionada en 2016- decenas de intendentes no podrán presentarse en 2027.
Y ahí aparecen los nombres propios, que ex-plican mejor que cualquier discurso por qué el tema vuelve a escena.
En el Conurbano, por ejemplo, figuras como Mario Ishii, Fernando Espinoza o Jorge Ferraresi integran ese pelotón de jefes comunales con largos años en el poder que quedarían condicionados por el límite actual. Lo mismo ocurre con Gustavo Me-néndez, otro dirigente con fuerte peso terri-torial.
No se trata de nombres aislados: es un sis-tema.
Intendentes que llevan años -en algunos casos décadas- construyendo estructuras que hoy chocan contra una norma que, por primera vez en mucho tiempo, les pone fecha de venci-miento.
Desde el gobierno de Axel Kicillof, el argu-mento es conocido: limitar mandatos sería «proscriptivo» y «el único juez legítimo debe-ría ser el electorado».
Pero esa narrativa omite un punto central: las reglas también existen para equilibrar el poder. Y cuando el poder se perpetúa, la cancha deja de ser pareja.
Porque no se trata solo de ganar elecciones. Se trata de competir en condiciones reales. ¿Puede hablarse de igualdad cuando un intendente lleva 15 o 20 años manejando recursos, estructuras, medios locales y redes de dependencia política?
La reelección indefinida no es neutral: favorece al que ya está adentro.
El proyecto, además, llega envuelto en una paradoja incómoda.
Mientras la política se declara en crisis de representación, la respuesta que aparece des-de el poder es permitir que los mismos sigan indefinidamente. No hay renovación: hay blindaje.
La historia reciente ya dio pistas.
Primero se avanzó con la flexibilización para legisladores.
Ahora el objetivo es ir por todo: intendentes incluidos.
Y no es casualidad que el impulso crezca a medida que se acercan los plazos que dejarían afuera a buena parte del mapa polí-tico bonaerense.
Pero el problema no es solo institucional. Es cultural.
La reelección indefinida consolida una lógica feudal, donde los territorios se convierten en propiedad política y los liderazgos dejan de ser representativos para volverse permanentes.
La democracia deja de ser alternancia para convertirse en administración prolongada del poder.
El debate, en el fondo, es incómodo porque obliga a elegir entre dos modelos: uno que prioriza la voluntad electoral sin límites formales, y otro que entiende que la demo-cracia también necesita reglas que eviten la concentración.
La pregunta que nadie quiere responder en voz alta es simple: si la alternancia no es nece-saria, ¿para qué existe la república?
Porque cuando la política pierde la capa-cidad de renovarse, no se fortalece la demo-cracia. Se la anestesia.
Si bien es cierto que el Pueblo tiene derecho a decidir y no debería restringirse ese de-recho, también es cierto que las leyes deben blindar a la Democracia frente al hambre de poder perpetuo que algunos evidencian sin ponerse colorados…

Verdad e Investigación

Semanario del Nuevo Milenio creado el 23 de diciembre de 1985 por Jorge Tronqui

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