DEMOCRACIA EXTREMADAMENTE DEGRADADA EN LA ARGENTINA
La democracia no se degrada únicamente cuando se clausura el Congreso, se persigue a opositores o se censura a la prensa.
También se erosiona cuando el poder con-vierte las instituciones en instrumentos de humillación personal, de disciplinamiento interno y de capricho cortesano.
Y eso es exactamente lo que ocurrió con la exclusión de la vicepresidenta Victoria Villarruel del tradicional Te Deum del 25 de Mayo, una decisión atribuida a Karina Milei y ejecutada desde el corazón mismo de la Casa Rosada.
No se trata de una simple interna política. Tampoco de una pelea de egos entre diri-gentes oficialistas.
El problema es mucho más profundo: la vicepresidenta de la Nación no fue excluida de un cumpleaños privado ni de una cena partidaria.
Fue marginada de un acto institucional, histórico y simbólico que representa la unidad del Estado argentino en una fecha patria, y el Te Deum no pertenecen a un gobierno, a una familia presidencial ni a un armado político circunstancial.
Son parte del patrimonio institucional de la República.
GRAVEDAD INSTITUCIONAL
La gravedad institucional aparece precisa-mente ahí: cuando quienes administran el poder empiezan a confundir el Estado con una propiedad personal.
Cuando la lógica de «amigos y enemigos» reemplaza a la lógica republicana. Cuando el ceremonial oficial deja de responder a nor-mas y jerarquías institucionales para obe-decer rencores, venganzas o pulseadas pala-ciegas.
Porque guste o no guste, coincida o no coin-cida con el Presidente, la vicepresidenta sigue siendo la segunda autoridad constitu-cional de la Argentina. No invitarla a un Te Deum patrio implica degradar la propia investidura que representa.
El hecho resulta todavía más delicado porque exhibe un mecanismo de poder cada vez más visible dentro del oficialismo: el desplaza-miento de la política por la lógica del clan.
En la práctica, la estructura institucional parece subordinada a la voluntad de una figura sin legitimidad electoral propia como Karina Milei, cuya influencia crece mientras se vacían los canales tradicionales de decisión democrática.
SITUACION GRAVE
Y ahí emerge otra señal preocupante: el Go-bierno que llegó prometiendo combatir «la casta» terminó construyendo una dinámica cerrada, personalista y vertical donde las diferencias internas no se tramitan polí-ticamente sino mediante exclusiones públicas, castigos simbólicos y esceni-ficaciones de poder.
La ausencia de Victoria Villarruel en la Catedral Metropolitana no fue un detalle de protocolo. Fue un mensaje político brutal: «acá manda una sola mesa chica y quien no se somete queda afuera».
En cualquier democracia madura, un conflicto entre Presidente y vice puede existir. Ha ocurrido en innumerables gobiernos.
Lo que no debería naturalizarse es la utilización de actos patrios e instituciones del Estado para escenificar venganzas personales.
Porque cuando el poder empieza a degradar las formas republicanas, termina degradan-do también el fondo democrático.
La Argentina tiene una larga historia de per-sonalismos enfermizos, liderazgos mesiá-nicos y construcciones de poder basadas en la lealtad ciega antes que en el respeto insti-tucional.
Y justamente por eso resulta alarmante que un gobierno que se presentó como «distinto» reproduzca prácticas propias de las peores tradiciones políticas argentinas: el destrato institucional, la lógica cortesana y la concen-tración extrema de decisiones.
El Te Deum del 25 de Mayo debería haber sido una imagen de unidad nacional en tiempos de crisis económica, pobreza creciente y tensión social.
Sin embargo, terminó convertido en una postal del deterioro interno del poder libertario. Una ceremonia religiosa y patriótica usada como escenario de una purga política.
Y cuando las fechas patrias dejan de unir para transformarse en herramientas de exclusión, la democracia empieza a perder algo más importante que un gesto proto-colar: pierde dignidad institucional.
