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BREGMAN Y LA PARADOJA QUE DESNUDA LA POLÍTICA: CUANDO CAER BIEN NO ALCANZA PARA GANAR

En casi todas las encuestas nacionales aparece un fenómeno que, lejos de ser una contra-dicción, revela cómo votan hoy los argentinos. Myriam Bregman suele superar a Javier Milei en imagen positiva, pero cuando la pregunta cambia de «¿qué opinión tiene de este dirigente?» a «¿a quién votaría?», la dirigente de izquierda cae al tercer o cuarto lugar, mientras Milei continúa encabezando o disputando el primer puesto.
No es un misterio estadístico. Es la diferencia entre simpatía y poder. La imagen mide afecto. El voto mide expectativas.
Muchos argentinos consideran que Bregman es coherente, preparada, honesta y capaz de defender sus ideas con firmeza. Incluso quienes jamás votarían a la izquierda reconocen que mantiene el mismo discurso desde hace décadas y que no suele quedar envuelta en escándalos de corrupción ni cambiar de posición según la conveniencia electoral.
El problema de Bregman es que su techo electoral está condicionado por la percepción de que representa un proyecto ideológico minoritario. Para una gran parte del electorado, el Frente de Izquierda expresa denuncias y principios, pero no una alternativa real de gobierno.
Los votantes distinguen entre el dirigente que respetan y el dirigente al que le entregarían las llaves de la Casa Rosada.
La imagen de Milei genera amores y odios intensos. Hay sectores que lo consideran disruptivo, valiente y decidido; otros lo ven agresivo, imprevisible o confrontativo.
Esa polarización deteriora su imagen pro-medio.
Sin embargo, cuando llega el momento de votar, aparece otro criterio. Muchos ciuda-danos no buscan al político más simpático. Buscan al que creen capaz de enfrentar la inflación, reducir el gasto público o rom-per con un sistema que consideran agotado.
La intención de voto responde más a la expectativa de cambio que a la simpatía personal. En otras palabras, Milei puede gustar menos que Bregman, pero muchos creen que tiene más posibilidades de impo-ner un rumbo económico o político.
Existe además un fenómeno psicológico que atraviesa todas las democracias. El elector suele ser mucho más exigente al evaluar personas que al elegir herramientas de cambio.
Puede pensar: «No me gusta cómo habla»; «No comparto sus formas»; «Pero igual lo voto porque es el único que puede hacer lo que promete».
Eso explica por qué la aprobación personal y la intención de voto no siempre evolucionan juntas. También pesa el llamado «voto útil». Muchos ciudadanos que simpatizan con Bregman terminan apoyando a otros espacios porque creen que la izquierda no tiene posibilidades reales de ganar una elección presidencial. Así, la valoración positiva no se transforma en votos efectivos.
Paradójicamente, el sistema termina premiando a quien despierta más rechazo pero concen-tra expectativas de poder.
La política moderna dejó de ser un concurso de popularidad. Es un mercado de expectativas. Y en ese mercado, Milei vende la posibilidad -para sus seguidores- de cambiar el rumbo del país, mientras Bregman vende coherencia ideológica.

Verdad e Investigación

Semanario del Nuevo Milenio creado el 23 de diciembre de 1985 por Jorge Tronqui

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