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KICILLOF TAMPOCO PAGA LOS SUBSIDIOS AL TRANSPORTE

La idea de Kicillof y especialmente de su ‘gurú’ Carlos Bianco, de ‘patear’ todos los problemas hacia la Casa Rosada, es el acto preferencial del kirchnerismo kicillofista bonaerense. Y la falta de pago de subsidios para los combustibles a las empresas de transporte de pasajeros, no es la excepción.
La explicación fácil es culpar «a los empresarios» o «al sistema», pero en la Provincia, el cuello de botella tiene nombre y firma: la administración de Axel Kicillof y su manejo discrecional -y muchas veces tardío- de los subsidios al transporte.
El sistema de colectivos en la Provincia de Buenos Aires no es autosuficiente: funciona atado a subsidios que compensan tarifas congeladas y costos en alza permanente (combustible, salarios, repuestos dolarizados). Cuando esos fondos no llegan, o llegan tarde, no hay épica posible: hay menos unidades en la calle, frecuencias recortadas y un servicio que se deteriora a la vista de todos.
Lo que hoy viven miles de usuarios no es una «crisis inesperada», sino la consecuencia directa de una cadena de incumplimientos.
Empresas que acumulan meses de atraso en los pagos provinciales empiezan a financiar el sistema con lo que no tienen.
¿El resultado? Choferes con salarios demorados, amenazas de paro, unidades fuera de servicio por falta de manteni-miento y una calidad que cae en picada.
Desde el gobierno bonaerense se repite el libreto: que la Nación no gira fondos suficientes, que la herencia, que el contexto.
Pero esa narrativa ya no alcanza. Porque mientras se multiplican las excusas, el usuario espera más tiempo en la parada y viaja peor. La responsabilidad primaria de garantizar el servicio dentro del territorio provincial es, precisamente, de la Provincia.
El punto más crítico es la falta de previ-sibilidad. El transporte no puede planificarse con pagos «a cuentagotas» o promesas que se dilatan. Cada día de atraso en los subsidios es un día más cerca del colapso operativo.
Y cuando el sistema cruje, no lo hacen los balances de las empresas: lo hacen los trabajadores que no llegan a horario y los estudiantes que pierden clases.
Hay además, un componente político impo-sible de ignorar. El congelamiento tarifario, sostenido como bandera, termina siendo una ficción cuando no se respalda con los recursos necesarios. Se sostiene un boleto «barato» en el papel, pero se paga con peor servicio en la realidad. Es un costo oculto que recae, otra vez, en el usuario.
El gobierno de Axel Kicillof enfrenta una disyuntiva que ya no admite dilaciones: o normaliza de inmediato el flujo de subsidios y ordena el sistema, o se hace cargo de un deterioro que amenaza con volverse estructural. Porque cuando el transporte público se rompe, no es solo un problema sectorial: es un golpe directo a la vida cotidiana y a la productividad de toda la Provincia.
Y en esa ecuación, las excusas ya no viajan. Los pasajeros, sí. Cada vez peor.

Verdad e Investigación

Semanario del Nuevo Milenio creado el 23 de diciembre de 1985 por Jorge Tronqui

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