CUANDO NO SE ENCUBRE UN ERROR DE FUNCIONARIO, SINO LA CORRUPCIÓN DE UN GOBIERNO
En la Argentina de las instituciones frágiles y las explicaciones a medida, el poder suele encontrar siempre una coartada elegante para disfrazar lo evidente. Cuando la corrupción asoma cerca del círculo íntimo, el manual no cambia: negar, desacreditar, victimi-zarse y, finalmente, blindar políticamente al funcionario señalado. Hoy, ese libreto parece escribirse alrededor de Javier Mi-lei y su cerrada defensa de Manuel Adorni.
El Presidente que llegó prometiendo dina-mitar «la casta», barrer con los privilegios y exponer a los corruptos sin importar ape-llido ni cargo, hoy actúa con la misma lógica corporativa que tanto criticó.
La diferencia entre el discurso libertario y la práctica real empieza a parecerse demasiado a la vieja política que juró destruir.
Cuando las sospechas rozan a Adorni, jefe de Gabinete, y hombre de extrema confianza del oficialismo, la reacción no es transparencia sino cerrojo.
No hay voluntad de esclarecer, sino una estrategia de contención política. No hay vocación republicana, sino reflejo de super-vivencia. Milei no investiga: protege. No exige explicaciones: garantiza cobertura.
La pregunta ya no es si hay irregularidades, sino por qué el Presidente necesita blindar con tanta urgencia a uno de sus hombres más expuestos. Cuando un gobierno se apura más en desmentir que en investigar, generalmente no está defendiendo la verdad, sino administrando el daño.
Adorni no es un funcionario menor. Es la cara visible del relato oficial, el encargado de justificar lo injustificable y maquillar con sarcasmo decisiones cada vez más difíciles de sostener. Su rol es político, por eso su eventual caída no sería un simple escándalo individual, sino una fisura en el corazón mismo del mileísmo.
Y allí aparece Milei, no como garante de transparencia, sino como jefe político de un operativo de encubrimiento. El Presidente que denunciaba pactos de impunidad hoy parece construir los propios.
La corrupción no siempre necesita bolsos ni cámaras ocultas. A veces alcanza con el uso discrecional del poder para tapar, proteger y garantizar impunidad.
Encubrir también es corrupción.
Lo más grave no es solamente el caso puntual, sino la velocidad con la que el relato liber-tario empieza a desmoronarse frente a la realidad.
Milei construyó su capital político sobre una superioridad moral absoluta. Se pre-sentó como el justiciero antisistema, el hombre que venía a limpiar décadas de podredumbre.
Pero cuando el barro salpica a los propios, el discurso se vuelve prudencia, la furia se transforma en silencio y la motosierra se guarda prolijamente en un cajón.
Si Adorni necesita blindaje presidencial, el problema ya no es Adorni.
El problema es Milei.
